SALVAJE SUR. Un oasis en el desierto del western.

San Martín de los Andes, Neuquén. Coordenadas: 40° 9′ 24″ Sur, 71° 21′ 9″ Oeste

 

Acá en el Lejano Sur, sargento, somo gente tranquila, sí. Tanta cosa no pasa, no. Las oveja, no má; algún león. La veranada, sí, con las chiva y más oveja. ¿Vaca?, no. Raro ver... ¡Puro capón y pan casero! Agua pa'l mate, en las brasita. Tranquilo todo, sí.

Pero, ahí anda el Rei, que le dicen. Paisano renegáu, sí. ¿Y no va que trái uno forajido? Ansí como lo oye, sí. Los Castro & Sahilices, dia'llá de los Ande. ¿Y habrá que presentarlo, dice usté? Pa' mí que van a'ndar a los puro tiro, sí.

Dispué nos van a decir que somo el Salvaje Sur.

VINUCA

 

Castro Sahilices Editores

 

Mi primer encuentro personal con Matías Castro Sahilices(*) fue algo vergonzoso.

Más o menos, conocíamos nuestros nombres y algunas de nuestras obras. No sucedía lo mismo con nuestros rostros, ya que estuvimos hablando aproximadamente media hora sin que yo supiera que ese sujeto tan agradable era Matías Castro Sahilices ni él se diera por enterado que yo era Diego Rodríguez Reis.

Afortunadamente para ambos, ninguno de los dos habló mal del otro.

Hoy, un par de años después y ya con bastante agua debajo del puente, me siento a conversar con él acerca de Salvaje Sur, su asombroso nuevo proyecto editorial.

 

 

 

 

 

 

 

 

Primero, ¿qué es Salvaje Sur? ¿Cómo se gestó la idea?

Básicamente, Salvaje Sur es una revista western: es un homenaje a las revistas que se publicaron entre 1890 y 1960 en los Estados Unidos, en las cuales se contaban historias de la conquista del Oeste norteamericano, dentro de lo que era el movimiento de revistas pulp (que hace referencia a la pulpa del papel con las que se editaban ese tipo de publicaciones). Las revistas pulp, eran revistas de bajo costo: su finalidad era el entretenimiento de las clases populares.

Todo nace un poco por amor, que le tengo al género, que obviamente me viene de mi viejo, de aquellos Sábados de súper acción de la tele y después de lecturas posteriores, de cómics y narrativas como las de Bret Harte, Ambrose Bierce y O. Henry. Más allá de que aún se siga insistiendo en que es un género menor o hasta se dude de identidad como género, si existe o no. La realidad es que existe, efectivamente: hay mucha literatura, cuentos, novelas, grandes autores que escribieron y escriben western.

Bueno, la idea original fue retomar esa estética del western y del pulp, y mezclarla, asociarla con este territorio patagónico que habitamos. Por supuesto, existen muchas coincidencias, no sólo en lo que refiere a la conquista (en el peor de los sentidos) del territorio, sino a las historias de los pioneros, los inmigrantes, los bandoleros y bandidos.

 

―Más allá de la estética de la revista, que es asombrosa, ¿cómo fue el proceso de compilación y edición del material, cómo fue el trabajo desde esa primera idea hasta este resultado?

―Bien, lo primero fue arrancar con la idea clara en la cabeza de lo que era (sería) el producto final. Siempre que empiezo a laburar, necesito tener claro qué es lo que quiero: eso lo tuve siempre claro, desde el diseño hasta las ilustraciones, sabía a dónde iba, qué tipo de edición quería.

Hubo mucho laburo de investigación, horas y horas de rastrear todas estas revistas que por suerte fueron digitalizadas por las distintas universidades de los Estados Unidos. Ese material se consigue: el que busca, encuentra. Uno puede acceder ahí y estudiar todas esas revistas, desde las más modernas hasta las más antiguas.

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―Hablemos del contenido, desde la tapa (que tiene una ilustración original, por lo que veo) hasta los textos que conforman Salvaje Sur, que también son originales, ¿no?

Todos los contenidos de Salvaje Sur son originales, sí. Creaciones de cero. Los textos son, por supuesto, la otra pata importante del proyecto. Mirá, me acerqué a conocidos escritores de la región, tengo la suerte de que muchos son amigos, y les interesara el género, eso es fundamental. Por suerte, se engancharon varios: Marcelo Gobbo, Cristian Carrasco, Carlos Chávez, Facundo Bocanegra, Melina Pariente, Emiliano Bullow, Luis Catenazzi y un tal Reis, también (risas). Además, es notable que hayan accedido generosamente a participar con seudónimos, que también es un guiño y un homenaje al género.

Creo que fue también para ellos, una oportunidad de escribir algo que los habita de alguna manera, ya sea por sus experiencias de la infancia o porque disfrutan del western hoy en día. Y aportando sus diferentes voces, ¿no? Lo genial es que hubo gente que siguió la línea esta, de los textos que nos llegaban a nosotros de ediciones mexicanas o españolas, donde lo que leíamos era una traducción del texto original o una imitación de esa voz norteamericana, pero castellanizada aunque nunca trasladado al dialecto rioplatense, digamos. Pero además, lo que encontramos acá en Salvaje Sur es media vuelta de tuerca a eso: hay textos que están situados en Estados Unidos con esa voz; textos situados en nuestra región patagónica con esta voz; y textos situados en esta región sin esa voz. Entonces es una amalgama súper interesante de escritura, de lecturas y de ideas, siempre conectadas por supuesto con el homenaje final a este tipo de publicaciones que leían nuestros abuelos y nuestros padres. Esas publicaciones que estaban en los kioscos, en los puestos de revistas, en las estaciones de trenes, los aeropuertos.

―Contanos un poco acerca del arte de tapa y de las publicidades, apócrifas o no, de la revista.

―El paratexto, sí. Los textos son redondos y breves, porque la verdad es que tenía que apostar a la brevedad, no sólo por una cuestión editorial sino también por una cuestión de atención y replicando, claro, la extensión que tenía este tipo de publicaciones.

Bueno, una vez determinada la idea final y teniendo los textos, que son excelentes, había que ponerse a laburar con el paratexto. No sólo se eligió el papel y la calidad de impresión, sino que además era fundamental el tema de las ilustraciones. Porque estas publicaciones venían acompañadas con una pequeña ilustración: el paso previo de lo que después terminó siendo el cómic, podríamos decir. Entonces la cosa era, originalmente, una ilustración de tapa importante y cada texto tenía una ilustración que adelantaba lo que iba a ser o lo que podría llegar a pasar en la historia.

 

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Para la ilustración de tapa, me contacté con Diego Fiorucci, que es un ilustrador muy conocido de la Argentina y que también ha trabajado para el exterior, es profesor de la escuela de dibujo Barocelli, de Rosario. Bueno, le interesó mucho el proyecto y, por supuesto, es un tipo al que no le tuve que explicar nada porque es un consumidor asiduo de esta clase de material: él entendió enseguida qué era lo que yo quería. A partir de esa ilustración, asociada al diseño de tapa que yo ya tenía, pasé a lo otro que tenía que tener en cuenta, que eran las publicidades.

 

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¿Por qué? Porque estas revistas se bancaban económicamente con las publicidades. Y eran publicidades muy particulares, de productos y servicios de esa época específica, de fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX: esto es, van a encontrar diferentes tipos de anuncios, desde la venta de un fonógrafo o una cocina económica hasta cursos de hipnosis. Algunas son originales, tomadas de la revista Caras y caretas o de los catálogos de la tienda Gath y Cháves. Otras, las construí yo mismo, a partir de publicidades que encontré. Otras son actuales, aunque también respetan  rigurosamente este mismo formato.

 

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―¿Cuáles son las vías de circulación de la revista? ¿Cómo se consigue?

―Bien, en principio la están repartiendo los actores y actrices principales de la misma, que son los autores. Además, en San Martín de los Andes, se consigue en la librería Mythos (que también hace envíos a todo el país), y en Villa La Angostura hay ejemplares en la Biblioteca Popular “Osvaldo Bayer”, a disposición de los socios que quieran leerla y también de quienes quieran comprarla.

 

―¿Habrá nuevas ediciones de Salvaje Sur? ¿Esto es el principio de una serie?

―Sí (risas), esta Salvaje Sur es el principio de una serie. Al principio, no lo tenía bien claro, pero a medida que voy charlando con la gente y que me encuentro con autores con la idea de participar publicando, me fui convenciendo que sí, hay que seguir. Además, veo que hay temas para abordar, como puede ser próximamente (probablemente) un número dedicado a “Gauchos y bandidos”.

―Cerramos con las dos preguntas de rigor de las entrevistas de Patagonia CulturaS. ¿Qué es la identidad?

―Creo que la identidad está definida por los rasgos que nos diferencian del resto. La diferencia es la que nos identifica. Somos lo que el otro no es.

―Y la Patagonia, ¿qué es?

―La Patagonia es un territorio impreciso y arbitrario. Es un espacio dinámico que se va transformando en la medida en que uno se va adentrando en él. La contracara del imaginario que construye un espacio pristino y natural, se define en la hostilidad de esa misma geografía y en la particularidad de la gente que la habita.

 

 

(*)Matías Castro Sahilices (Rosario, 1979). Es narrador y editor. Estampó fanzines, fundó revistas digitales, editoriales artesanales y fue miembro del Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes. Actualmente publica la revista Salvaje Sur y trabaja como diseñador editorial. Sus relatos han sido publicados en diversos medios y ha ganado un puñado de concursos. Barcelogasona, su primera novela, será publicada en breve.

 

Por Diego Rodríguez Reis

 

 

Leyenda del Cerro Pratt (*)

Por Dylan Roderick Rex

 

“La historia de un país es, entre otras,

la historia del desplazamiento de sus fronteras y de su definición como territorio”

Ernesto Livon-Grosman, “Geografías imaginarias”

 

 

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El nombre de mi tío era Elías Pratt. En todas las familias hay un loco, un borracho o un santo. En mi familia era el tío Elías: tal vez predestinándolo, le habían puesto nombre de profeta. En realidad, era tío de mi viejo, mi tío abuelo, hermano del viejo de mi viejo.

Siempre tuvo la locura de la religión. Prácticamente, aprendió a leer con la Biblia, nadie sabe bien cómo o con quién. Fue seminarista o algo así de la Iglesia Bautista, pero un día tiró la sotana para irse a buscar oro a Andacollo, en la época de la fiebre del oro acá en Neuquén. Agarró sus biblias, porque tenía varias biblias él, y se fue a la cordillera. Allá por el cuarenta y cinco, más o menos: enseguida le perdimos el rastro. La historia la supimos muchos años después.

Cuestión que mi tío se instaló ahí en Andacollo, frente a un cerro, no sé si tenía nombre entonces. Los buscadores de oro marcaban sus terrenos con postes, según iban llegando. Ha habido muertes por violación de los territorios, se corrían los postes, se emborrachaban o se volvían locos y salían a los tiros por cualquier cosa.

Mi tío Elías se armó una cabaña (un  ranchito) de madera y alambre, con techo de barro y tejuelas, cerquita de un arroyo. Y ahí, en veinticinco años de pala y carretilla, bajó un pedazo de cerro, literalmente. El agua del arroyo la usaba para tomar y para hacer el lavadero de oro. Después, cuando volvió al valle, nos contaba cómo era el procedimiento. Se hace correr el agua en canaletas con la tierra que se va sacando y el residuo que va quedando en la criba se lava en un plato de madera. Después, se elimina la parte más gruesa de arriba y ahí queda la parte de abajo, lo que se llama el concho. Todo lo que es piedra, mica, oropel, se decanta, y abajo ese resto que es el concho se despega y se le agrega mercurio. Medio gramo, un gramo, depende de la cantidad del plato. El mercurio se adhiere al oro. Y después, se separa el oro del mercurio calentándolo en una lata con un bunsen, el mercurio se evapora y lo que queda es el oro.

En esos veinticinco años, habrá llegado a sacar unos veinte kilos de oro del cerro, mi tío. En el año setenta, nosotros lo encontramos y lo sacamos de todo eso, de esa vida. Hacía plata: estaba sacando dos gramos, dos gramos y medio por día, pero lo que sacaba se lo tomaba. Apenas sacaba algo, se iba a un boliche en Huinganco, una cantina que se llamaba “Montecarlo”, de un tal Juan Cummings. Huinganco era lo más cerca que había (que hay) de Andacollo, estará a unos cinco o seis kilómetros. Ahí, en la cantina, se juntaban los mineros y se chupaban todo. Y esos dos gramos de oro que sacaba, se lo pesaban, a lo mucho, como un gramo y medio. Eran balanzas de boliche, no tenían precisión. Y además, siempre estaban arregladas. Oro por vino, derecho viejo: no había plata de por medio en el asunto.

Cada dos tres, había peleas, tiroteos, porque andaban todos armados en ese entonces: era el salvaje oeste neuquino. Se peleaban por cualquier cosa, por límites, porque alguno se olvidó de saludar o miró mal a otro: según mi tío, si sacabas algo de oro y no invitabas la vuelta para todos, te la juraban para todo el viaje. Cosas de borrachos. La ganancia la tenía el bolichero, el tal Juan Cummings. Un minero traía cero setenta y cinco gramos, aquél un gramo, el otro medio, y al final de la semana, el bolichero se había hecho de quince o veinte gramos de oro.

Mi tío Elías tuvo una pelea fiera, famosa. El otro tipo era Hans o Ans o Ars Steffen, un sueco, un tipo que mi tío describía siempre como huesudo, pálido, de pelo amarillento y ojos grises. Habían tenido un entredicho porque sus terrenos lindaban y el sueco había excavado del lado de mi tío y había encontrado algo de oro. Esa era la versión de mi tío Elías, totalmente imposible de corroborar. Cuestión que una noche están jugando al truco y mi tío lo engancha carteándose al sueco. A los gritos, mi tío lo desafía a duelo y el otro acepta: salen los dos, se escuchan dos tiros y el que vuelve es mi tío. Vuelve al boliche con la camisa ensangrentada en el hombro y le pide al gringo Cummings una pinza. El gringo, medio espantado, le alcanza la pinza a mi tío y salen todos a mirar. Ahí lo ven a mi tío Elías arrancándole con la pinza un diente de oro que tenía el sueco, para cobrarse su deuda.

Ese diente, contaba mi tío, lo fundió ahí nomás, esa misma noche y se hizo hacer un anillo, el anillo de oro que siempre llevaba puesto. Decía que lo enseñaba cada vez que tenía un entredicho con algún minero, para que se acordaran de que con él no se jodía y que las deudas eran sagradas.

Un cuarto de siglo en ese lugar lo fue haciendo mierda, lo hizo mierda.

Por eso, cuando lo encontramos, lo trajimos de vuelta. Allá por el setenta habrá sido, año más, año menos. Vino como se había ido, sin nada, con todas sus biblias abajo del brazo. Y trabajo, lo que se dice trabajo, acá no tenía. Hacía changas, trabajos medio inventados para él por los parientes y los conocidos. Se instaló en una pieza en el fondo de la casa, lo que antes era un tinglado y ahí se la pasaba, leyendo al biblia, fumando y chupando.

Un litro de vino por día no le alcanzaba, se le hacía poco. Él era muy fumador, además. En aquélla época, llegaban sólo dos tabacos: el Caporal y el Mariposa. Me acuerdo que venían en unas latas redondas, de hojalata, eran tabaco fuerte. El vino se lo mezquinábamos un poco, no demasiado, porque a esa edad, si se lo sacábamos del todo, se moría. Y la poca plata que hacía, se la gastaba en tabaco. Compraba el Mariposa, porque era el más barato. Pero para el papel ya no le alcanzaba. Pero a él no le importaba, porque papel sí tenía: las biblias esas suyas eran de un papel muy finito, un papel de arroz. Ese papel usaba. A la mañana, bien temprano, lo primero que hacía al despertarse, era manotear una biblia. Leía una hoja entera, una hoja cualquiera. Después, la arrancaba y se armaba el primer cigarrillo del día. Todos los días arrancaba por lo menos veinte, y se armaba sus cigarrillos así. Como el tabaco era caro, trataba de aprovecharlo todo lo posible. Sujetaba el pucho con un clavo, de costado. Y así se lo fumaba casi todo. Dos por tres se quemaba, el viejo. Siempre andaba con el labio chamuscado.

Vivió hasta los sesenta y cinco años. Murió alcoholizado, el pobre. En honor suyo, el cerro aquél que está en Andacollo, su cerro, lleva su nombre ahora. Pasa que es un cerro que ya no está, porque el viejo lo fue bajando a pala y carretilla, en veinticinco años, hasta que lo dejó pelado. Es un cerro fantasma.

Cerro Pratt, así se llama.

A la memoria de Shelby Veuthey

 

 

(*). Revista Salvaje Sur N°1, San Martín de los Andes, 2021

 

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