ANTONIO MERA BELTRÁN: POETA DE MAR A MAR. Por Jorge Spindola

Coyhaique, Aysén. Coordenadas 45º 33’ 51” S – 72º 03’ 57” O

 

 

Mera Beltrán foto face CUADRADA

 

Un día de duelo para la poesía del sur del mundo. Partió de esta forma de vida nuestro querido Toño Mera, Antonio Mera Beltrán.

El poeta que transitó de mar a mar este territorio, como pocos.

El compañero que partió al exilio allá por 1984 y llegó a esta ciudad de viento, que amo tanto como a su Coyhaique natal. El poeta, el amigo de perros y pájaros y árboles. El hombre que habló de igual manera con los almendros, los humanos y los guairaos. El papá de Valeska. Hasta siempre, querido Toño.

Dejó aquí una invitación a leer su poesía, que siempre es el mejor homenaje que se la puede hacer a un poeta. Se trata de un breve comentario de su último libro ALMENDROS, publicado por Vela al Viento, la editorial de Rubén Gómez, en 2019.

 

Mera Beltrán Feria del Libro Comodoro Rivadavia

 

 

ACERCA DE TOÑO Y SUS ALMENDROS

 

Ciruelo de mi puerta/ si no volviese yo/ la primavera siempre/ volverá. Tú, florece. (Anónimo japonés)

Toño Mera es un poeta de dos orillas. Caminante silencioso de los bosques del Áysen, observador tempranero de los cielos de la pampa y el Atlántico. Un hombre que ha visto y transitado el mundo a ambos lados de la Cordillera austral y ha hecho de ella un puente, jamás ese límite desde donde los estados nacionales han intentado estrechar nuestra existencia solidaria.

Un caminante de mar a mar que lleva y trae consigo un lenguaje que no cesa de conversar con gentes, con los árboles, las flores, los pájaros, con la escarcha de la historia o con sus perros, por supuesto, esos compañeros que le huelen todavía la mirada.

En la antigua lengua mapuche, todas las cosas de este mundo tienen su propio zugun, su propio hablar. Habla la tierra y hablan los bosques, habla el agua y también las aves, habla el mar y cada árbol también tiene su decir. El caminante poeta que aquí leemos es alguien que dialoga con esa totalidad de la existencia, el Itro Fill Mongen.

Algunas veces se detiene a filosofar con un guairao, esa ave milagrera que sólo él parece reconocer en el medio de estas calles de cemento. En cambio, otras veces, se recoge sólo en la observación de unas imágenes silenciosas/ para no despertar/ a los bosques de Aysén y ser como el río.

Hay un lenguaje y un modo de saber, propio de la tierra y de las cosas de la tierra, que este caminante de entre mundos nos hace reconocibles, nos las devuelve de una manera cotidiana y verdadera. Algunas veces se detiene a conversar con las flores del invierno que enseñan su persistencia: los almendros y aromos/ me dicen que me levante y camine entre ellos/ que aprenda a florecer/ que sonría todos los inviernos/ como hacen ellos/ que aprenda también a leer el poema/ con un poco de pena. Otras, habla con unos zorzales y las alondras posadas en un árbol viejo; y otras, con los tulipanes de octubre que lo devuelven al mundo de la infancia, ese tiempo en que la fraternidad entre nosotros y las cosas aún no se quebraba.

Sin embargo, todo ello acontece sin solemnidad, con un lenguaje que no se desprende del humor, de la duda, de la pregunta insistente sobre el sinsentido que a veces nos habita. Desde su contemplación y vivencia con las cosas, la poesía de Toño nos invita también a ser testigos de la palabra como un acto luminoso de intimidad y autodescubrimiento:

 

Estoy aquí,

aprendiendo,

creciendo

en esta catarsis diaria

y entenderme,

entender a los humanos.

Mañana,

una mañana,

haremos el amor

con la poesía

en la cama de la tierra.

 

Consciente de la fugacidad de la propia vida, del pasajero esplendor de los cuerpos y de las cosas, atesora imágenes, sabores, rumores, anécdotas, rostros de hombres y mujeres; secretas sensaciones que perduran en él y regresan en su poesía como un eco de lo invisible que habita entre nosotros. Ladrón de duraznos y de otros placeres ocultos, jura que iría feliz a la cárcel si lo pescaran in fraganti.

La poesía de Toño nos devuelve en imágenes el cuerpo del delito, no disimula en corrección de formas o recato literario la intensidad de lo vivido. Allí están los duraznos, los amores, los paisajes y también los momentos luminosos de un mundo de solidaridades que hoy reclama su memoria y existencia. Le duele la xenofobia, tanto como un árbol derribado. El zugun del poeta regresa siempre a esa unidad de la existencia, habla con los animales, se duele con ellos. La visión de un pollo blanco, encadenado a una silla, en calles Polonia y Canadá de C. Rivadavia, resulta una metáfora salvaje de las dictaduras que nos asolaron pero también de esa fraternidad con el mundo que se nos diluye, a veces con crueldad.

 

Toño Vera en corral

 

Dije al inicio que Toño Mera es un poeta de dos orillas, pensando más que nada en sus trayectos, en su geografía poética y vital a ambos lados de la Cordillera austral. Dije mal, en verdad la idea de orilla aquí se extiende más allá de lo físico de nuestra tierra. Su escritura hilvana otras orillas de lo humano, costura mundos y experiencias del mundo que han sido fragmentadas, cegadas.

Aquí se traza un territorio de múltiples presencias, donde crecen plantas, memorias, voces de distinto origen y lenguaje, él las reúne, las cultiva. A veces, escribe o riega ese mundo con todo el trasiego y la maceración de lo vivido, y otras, le basta el asombro y las sensaciones de un niño insobornable para mostrarnos sus Almendros, floreciendo tras la escarcha.

 

 

 

Antonio Mera

 

 

Por Jorge Spindola

Universidad Nacional de la Patagonia

C. Rivadavia.

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