WIÑOY TRIPANTÜ. La noche en que el Sol sale adentro. Viviana Ayilef

Trelew, Chubut. Coordenadas: 43º 15' 09" S - 65º 18' 25" O

 

wiñoy tripantu 

 

Dice Vivi Ayilef -y lo hizo con detalle- que me advirtió de su condición mapuche de ciudad (mapurbe, dirá Añiñir). Que ésa sería su voz para decir el Wiñoy Tripantü.

En el seminario de "Oralituras y Literaturas de la Wallmapu", desarrollado por la escritora y docente Tamara Padrón y con Betina Oyarce como ayudante de cátedra, una compañera pidió -y yo adherí- que no nos llamaran huinkas, a lxs no mapuches que asistimos. ¡Qué culpa tenemos del color de nuestra piel!

Yo parezco, lo sé, una descendiente de aquellos europeos que, venidos en el S XVI, diezmaron y pusieron "su sello" sobre la cosmovisión de los pueblos originarios. Es muy probable que sí: que sean mis ancestros; mis apellidos corren a verificarlo y algunos registros de la historia escrita, también. Pero reverberan en mi sangre otras voces, la memoria de otros saberes, otra espiritualidad: Quilmes, Lules, Toba, hasta donde sé; musicalidad del Litoral, que no he podido rastrear. Soy, digo hace tiempo: un crisol de "razas" andante. ¿Quién no? -me pregunto. No hace falta rascar mucho para recordar que todxs nacimos en África.

Que esta larga, oscura noche que venimos viviendo halle su calma en el descanso que le toca por el fin de su ciclo. Que este Wiñoy Tripantü que amanece nos reconozca en su dignidad; nos traiga luz a nuestra conciencia humana

(ViNuCa)

 

La palabra de Viviana Ayilef:

 

Kiñe

Qué significan los días en los que ocurre la noche más larga. Qué significa una noche muy larga. Qué es lo que  pasa por dentro cuando nos colma la noche. En qué consiste la noche, lo extenso, la duración, el tiempo; y también qué nos permite. Cosas como estas pensé que debía poder acercar en mi texto sobre Wiñoy Tripantü, sobre Wüñol Tripantu, o como se diga, si a fin de cuentas entre tantas cosas que perdí está el mapudungun, antes de tenerlo. Y pese a todo es mi lengua materna (que me digan algo). Por eso les dije a quienes me invitaron a escribir al respecto si ellos podían con eso, si podían lidiar con esa entre tantas ausencias que llevo como persona mapuche nacida en los años ochenta, en Trelew, zona de Puelmapu (me pregunto cómo se habrá nombrado este sitio en el tiempo antiguo, cuando no era ciudad ni tenía calles Argentino Roca. La ciudad en que nací, atrapada en el mapa argentino). Les advertí que recibo la noche en mi ruka de cemento, dos pisos arriba en asfalto, con el calefactor encendido y mirando las formas que se hacen en este vidrio empañado. En él dibujo mis nombres. Trazo el porvenir. La ventana de casa es un paper de sueños. Todos esos y otros paraguas abrí para no defraudar gente. Ya no tengo tolerancia a los barómetros étnicos. Pero por suerte entendieron que el estrago es largo y que pese a todo existimos. Y que hay que adaptar además la existencia a la cuarentena.

No sé muy bien qué decir que no esté circulando de modos más sabios. La gente mapuche está danzando en las redes a puro kimün, así que traigo sus ecos. Aguante el zoom, rakizoom (“papai google” decía mi amigo, el Mati).

 

Epu

La forma colectiva y global de habitar la existencia asoma y asombra en los procesos que estamos pasand0. Son su consecuencia. ¿Y va a mejorarse la cosa? Ni modo. Pero puede mejorar el modo de afrontar el viento. Ya hemos visto lo que un árbol viejo soporta si tiene raíces que puedan. Un árbol joven también. Y los arbolitos que todavía no existen, qué cosa.

A mí no me gusta esa palabra: “castigo”, porque está asentada en la lógica de lo punitivo, la cosa especulativa, y no en la amorosa. No me gusta pensar que la mapu se “cobre venganza” por tanto maltrato. Como si esto fuera una guerra. Como si hubiera aquí “partes” (en realidad aquí sí que hay partes, pero la mapu no ocupa precisamente un lugar enemigo. Tampoco se victimiza. En este momento es “agente” decía la Lore, la mapu y nosotros: agentes, afafan por esto).

Me gusta pensar en términos de merecimiento, de la reciprocidad, del orden concreto de todo lo existente, y en ese marco me gusta sentir que este punto liminar, con aires de purgatorio y de inminencia que estamos viviendo tiene un “porque sí”, pero también “para qué”. Supongo que hay chances para volver a decir Todo Vive, vamos a cuidarnos, quédate en la ruka si querés pero no te olvides: la ruka es la mapu y hay que acompañarla (tampoco me gusta esa otra palabra, “cuidarla”, como en jerarquía, sus connotaciones pseudo asistenciales, su onda verde).

 

 

Küla

En este solsticio concreto que toca en el 2020 podemos traernos de nuevo las cosas más simples: la alegría y la fe, el respeto al tiempo de la tierra, la decisión de crear otro aire desde un compromiso que no sea solo verbal, puro ruido; que no se convierta en una receta epistémica con tips de mapuche para estar en “armonía” en el wiñoy tripantü (ay, esa palabra, “armonía”: riesgo de banalizar y de vandalizarla).

Ojalá el compromiso se pliegue hacia adentro, hacia la evaluación de los daños y el resarcimiento, a volver sobre lo que pudimos hacer y no hicimos, cuando pudimos decir y callamos, y si pudimos parar y seguimos. No para agarrar el látigo como inquisidor que se autoflagela al son de mi culpa mi culpa grandísima culpa, sino para volver a pensar (empezar) tal vez desde otros lenguajes, a partir de otras preguntas, vinculados con las fuerzas que habitan los mismos espacios, los ngen, que ya se están escuchando. Resarcir, restaurar, enmendar. Un poco zurcirnos. Y cuando algo de eso esté claro mirar a la noche y hacer la promesa desde la verdad, por la digna vida, para que el tiempo que venga sea generoso y se vaya el kutran, se vayan los malos gobiernos y escribamos una Nueva Crónica; y que tengamos la fuerza weichan para dar batalla al agronegocio, al ecocidio constante, al capital ge(n)ocida, al extractivismo en todas sus formas (cultural también, “patrimonial” –pero qué palabra espantosa, vitrina-). A la maldad del poder que no para de gozar y enfermar como sea al cuerpo colectivo.

 

Meli

Pero el lahuen está adentro. El sol asoma en el cuerpo mientras afuera está oscuro. Qué bonito imaginar al corazón antü, irradiando. No es una hora, no hay un minutero, no se trata de tictacs y arrancar las hojas en el calendario. Porque no se trata de un “calendario”. Hágase la lluvia también luego de que asome el sol en su pecho y le lleve calor a su pensamiento.

Yo nací un 24 de junio, fecha conocida como “noche de San Juan”. Por eso mi nombre es Yanina. Iñche Viviana Yanina pingen. Mi abuelo Juan hacía rogativa temprano juntando agüita en sus manos. Mi padre Juan Ayilef siempre me decía que el viejo se puso contento de que naciera ese día. Cuánto tiempo tuvo que pasar, cuántas noches largas, para que podamos raspar el lenguaje y decir: el “wiñoy tripantü”, o como se diga. Desde Colán Conhué, en Langüiñeo, hasta Trelew city, estamos. Cuatro generaciones pasaron para que podamos decir con certeza que no era San Juan el llellipun del abuelo. Pero lo era y no, quién lo sabe. Con qué dedo intelectual voy a florearme en el aire y decir “¡aculturación, hibridez!”, qué me importa. La estrategia de resistencia sí importa y aquí estamos, kurrufes. Y tengo hoy la alegría de haber hallado a mi gente gracias al pewma virtual, y ahora sé que los Ayilef  levantan el camaruco en Aldea Epulef,  donde somos. La memoria teje sus hilitos de la manera que puede, y regresa. Amulepe taiñ purrun, como dice el canto de Anahí Mariluan, esa flor hermosa.

Tropiezo a cada momento con palabras de las que sospecho. No puedo decir nada de lo que quería en el mapudungun, pero por lo menos despertó mi conciencia. Tal vez los hijos de mis hijos puedan.

Vamos hacia eso.

 

Por Viviana Ayilef

 

 

Patagonia CulturaS agradece la gentileza de Anahí Rayen Mariluan por proporcionarnos el video: Mulekaiñ - We Tripantü

  • Una visión poético musical y colectiva del Wiñoy Tripantü de poetas y músicos mapuche.
  • Edición: María Manzanares

Imagen de portada: Google.

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