CRISOL DE RAZAS. Habitar la Patagonia desde la infancia rural. Mónica de Torres Curth.

San Carlos de Bariloche, Río Negro. Coordenadas: 41º 04' 47" S - 71º 21' 02" O

 

Crisol de razas*

«Crisol de razas», decía la maestra, y ella escribía en el renglón del cuaderno con su lápiz mocho Crisol de razas. Y hacía una C grandota y con un par de remolinos, y subrayaba con un lápiz de color. Crisol. Le gustaba esa palabra y soñaba con las damas y los caballeros, las peinetas y esos patriotas heroicos que salvaban a la patria y que no solo cumplían con la ley sino que la escribían, y firmaban así como ella escribía Crisol, con firulete, Saavedra, y su cuaderno decía Rivadavia con la R grande, importante. A ella le hubiera gustado tener un nombre que empezara así, como Rivadavia, Laprida, como Crisol de razas, pero se llamaba Juanita Ancalao. Trataba de escribir la A de Ancalao como Laprida o Rivadavia, pero nombres como el suyo no se escriben con firulete, quizás ni con mayúscula porque la maestra no se lo corregía cuando ponía la a chiquita. 

ACÁ ESTÁ Editada

Crisol de razas. Ella siempre fue una soñadora, por eso se quedaba sentadita en la puerta de la casa con su cuaderno tratando de inventar un buen remolino para su nombre antes de que cayera el sol. La madre solo le hacía una seña para que guardara todo cuando se lo veía venir de los corrales a la tarde para cenar e irse a dormir. Lo miraba de ahí abajo nomás, renegrido y parco. Se preguntaba cómo sería tener un papá patriota, de uniforme, caballo blanco y con un sable largo. Él se sentaba a la mesa y la madre le servía primero. Comía en silencio con la mirada puesta en la tierra apisonada del rancho, como si no estuviera ahí. Ella le miraba los pies y veía las botas gastadas y sucias y se acordaba de la foto que la maestra le mostró de San Martín, tan erguido y con las botas altas y lustrosas, eran tan altas las botas, hasta las rodillas.

En otra foto estaba Merceditas, con el vestido blanco o amarillo, no se veía bien porque el Billiken era viejo, con los bucles que le colgaban a los costados, atados con una cinta ancha que brillaba como la helada. Merceditas que lo miraba a su papá mientras él le ponía una mano en el hombro, ella con los zapatitos blancos y él con las botas negras tan altas.

El hombre se levantó antes que el sol, prendió la salamandra y salió afuera. Entró con una brazada de leña y su madre le acercó un mate. A contraluz de la claridad del horizonte veía subir el vapor desde la boca del mate. «Se acaba la yerba», dijo ella, y él no le contestó nada. Él salió de nuevo y ella puso más leña al fuego, sacó con la palangana un poco de harina de la bolsa y la dejó sobre la mesada abajo de la ventana. Todavía envuelta en la manta, Juanita los miraba en silencio. Su madre se desempolvó las manos, se acercó y le dijo «arriba hija, que ya fue a ensillar». Ella se levantó y sintió frío. Se puso los zapatos que ya le apretaban un poco, pero no dijo nada. Una taza de leche y un pedazo de pan la esperaban sobre la mesa. El hombre volvió a entrar y, de pie nomás, tomó dos o tres mates.

Juanita Ancalao lo miraba a su papá, que no le hablaba nada, no como San Martín que había escrito unas máximas para su hija, que ella muy bien no sabía lo que querían decir, pero debía ser importante porque su papá era un patriota. Lo miraba tomar mate en silencio y pensaba en las damas que bordaban la bandera para que los soldados la pusieran allá arriba en la cordillera. Se ve desde el rancho la cordillera, aunque no se ve la bandera, han de haberla puesto muy alto, pensaba. La miraba a su mamá que no sabe bordar, que no tiene el vestido largo y que ya ni color le queda a la ropa que tiene.

Terminó su leche y se puso el guardapolvo. La campera con el cierre roto le abrigaría la espalda aunque sea, porque, como no había nubes, seguro que habría helado. Salieron, el hombre caminando adelante y ella siguiéndole las pisadas de sus botas gastadas. La ayudó a subir y montó. Salieron antes de que el sol asomara y para cuando el sol estuviera entibiando ya habrían llegado a la escuela.

Juanita bajó sola y corrió adentro. Cuando entró en el aula lo vio, todavía parado en el patio, fumándose un cigarro. Ella sabía que la vendría a buscar, pero faltaba mucho todavía.

Eran como las cinco cuando llegaban de vuelta, pero el sol de octubre tarda en esconderse. Todavía hacía calor. Juanita la vio en la quinta, doblada en dos. Los perros ladraron y ella se irguió, poniendo su mano en la cadera. Salió y cerró el portoncito. Roja y húmeda la cara, la mujer le dio un beso y caminó despacio a la casa, Juanita corriendo adelante. «No va a desensillar», le preguntó al hombre. «Más luego», dijo él. De vuelta la ronda de mate y silencio, de vuelta la aridez y la parquedad, de vuelta lo mínimo, lo escaso. El hombre salió de la casa para los galpones. Juanita se sentó en el marco de la puerta con su cuaderno y su lápiz mocho. 

San Martín rural Editado

 

 

Tenía que escribir una historia y pensó en una historia de un papá patriota y una madre que supiera bordar. Pensó en el esplendor de las fiestas y en los trajes y vestidos. Juanita miró a su papá que trabajaba en un alambrado, de abajo, como lo miraba siempre ella, porque él no se agachaba para verla; lo miró con los ojitos redondos y las pestañas largas y rectas. Pensó en las batallas y el coraje, pensó en los sables, los cañones, pensó en los Andes. Se miró los pies llenos de tierra y pensó.

 

 

 

 

 

Por: Mónica de Torres Curth

 

(*) Crisol de Razas es un cuento que forma parte del libro "Todo lo que debemos decidir", Primer premio de La Tejedora, Editorial de la UNRN (2017).

 

 

 

 

Monica de Torres Curth 

Mónica de Torres Curth nació en 1961 en Bariloche, donde reside.

Participó en varias antologías como Casi Nada en el Viento” (La Luna Que, 1999), “Estación 13” (FEM, 2008), y en varios números de la revista anual de la Escuela de Arte La Llave “Recuento”.

En 2002 recibió el primer premio en el concurso “Cien años de Bariloche”, organizado por la dirección de Cultura Municipal de la ciudad, con el cuento “El vuelo”.  También en 2013 obtuvo el primer premio en el concurso Chococuentos organizado por la Secretaría de Turismo de la provincia de Río Negro con el cuento “Tres cosas”. En 2017 obtuvo el primer premio de narrativa con el libro “Todo lo que debemos decidir” que integra la colección La tejedora (Editorial de la UNRN) y en 2019 publicó el libro “El camino de la izquierda”, que recibió el primer premio en la convocatoria 2018 del Fondo Editorial Rionegrino.

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