EL OJO EN LA PATAGONIA. Segunda entrega del dossier Cine+Patagonia. Por Fer Barraza

Nequén, Neuquén. Coordenadas: 38º 57' 06" S - 68º 03' 33" O

No sólo ver Patagonia, sino contratarla como protagonista.

 

foto de portada

 

Hablábamos en la primera entrega de este dossier sobre las inacabables dosis de inmensidad que Patagonia ofrecía (y ofrece) a quien quiera hacer cine desde aquí, desde una de las regiones más extensas y menos habitadas del planeta.

Pareciera cliché esto de insistir en el “condicionamiento” que la gigantura de nuestra región le ofrece a quien plante la cámara por aquí, en nuestra gran casa, pero por evidente que resulte la insistencia, no redunda en lo obvio. Resulta fascinante ver cómo cada cámara que se enciende en Patagonia trata de enfocar la inmensidad y la soledad de ésta región deshabitada (o lo que es aún más inquietante: apenas habitada) para hacerla hablar dentro del relato que cuenta lo que se filma. Ver lo inevitable de la presencia de nuestra geografía en cámara es una aventura bella, que además es útil y va tras los rasgos de nuestra propia huella cultural contemporánea. Por todo esto, insistiremos por el lado terco de la vida y vamos a ir con la segunda parte de este dossier un poco disperso acerca del cine hecho en Patagonia volviendo y profundizando sobre el tema de la captación de lo inmenso. Un ejercicio de estilo que practican tanto los que viven aquí y filman, como por quienes hasta aquí llegan a filmar.

Subjetivizando un poco todo este asunto -y para que no parezca demasiado pretencioso este simple artículo periodístico de divulgación cultural- lo que puedo decir ya ya ya mismo, en primera persona (y que sirva de introito al tema recurrente de la gigantez geográfica de Patagonia) es que mientras escribo este texto, en un departamento anclado en pleno centro de la ciudad de Neuquén, por el gran ventanal que veo con solo levantar la cabeza, diviso hacia el sur, hacia donde se termina el mundo (o donde el mundo empieza) una línea de horizonte cargada de bardas que hacen las veces de muralla china que separa a este pequeño valle enclavado entre dos ríos de una planicie de miles y miles y miles de kilómetros de estepa.

Miren el jpg con atención, se las dejo aquí mismo.

Traten de ampliar la imagen y verla en todos los detalles que la pobre definición digital les permita. La foto la saqué con mi celular, es decir: la cámara de 13 mega píxeles no nos permite terminar de entender cuan impactante a la vista humana es ese horizonte amurallado que, con mi cámara biológica, mis propios ojos, veo. Sobre todo porque ese horizonte está lejos, a seis, siete, tal vez ocho kilómetros de donde estoy sentado, y esta camarita se esfuerza en capturarlo, sí, pero como quien quiere ver en una foto la espléndida luna llena sin usar un lente profesional.

Más ustedes mándenle dedo al jpg, abran la foto, amplíenla con el pulgar y el índice. De apoco verán aparecer las bardas, allá, atrás de una ciudad de 250 mil personas que se desparrama y expande día a día, al ritmo de la promesa de una vaca muerta. Enfóquense en esas bardas…

 

 

ciudad bardas

 

Si ustedes estuvieran aquí, conmigo, empecinadxs en mirar el horizonte de bardas a través del ventanal, podríamos celebrar, por ejemplo, una gran reunión creativa y –viendo eso hermoso e impactante que vemos hacia el sur- podríamos imaginar el guion de una película de ficción en el que…

Exterior Día – Estepa patagónica

Una mujer de cincuenta años viaja todos los días en bicicleta desde el otro lado de la barda, quince kilómetros cada día, para trabajar en una casa de una docente que vive entre la barda y el Río Limay, en el paraje (hoy casi ciudad) Balsa Las Perlas.

Las dos mujeres están en pareja con sendos tipos opacos, no son felices, pero continúan sus matrimonios por mero acatamiento del mandato social.

Ambas mujeres están enamoradas, la una de la otra. Viven su amor en un silencio de represión. Pues bien, las dos deberán –como deben todes les enamorades- ver qué hacen con eso que sienten.

La imagen de Sarita (así se llama la mujer que vive en el desierto con su esposo Ramón y sus tres hijos que acabamos de “inventar”) es clara. Es un plano abierto…

Exterior Día – Estepa patagónica y camino

Sarita se baja de la bicicleta, mirando la cubierta delantera en llanta porque se le clavó una roseta. Caminará desahuciada trece de los quince kilómetros hasta su casa a través de la inmensidad cargada de alpatacos, con el sol perfectamente oblicuo y rosa fuego del atardecer de fondo, llorando, porque está cansada de no poder ser la que quiere ser.

Esto es puro cine patagónico ¿o no?

Ahora, arrojemos un manto de piedad sobre el personaje de Sara y convirtamos esta árida y conmovedora escena que acabamos de guionar en algo más alentador:

Exterior Día – Estepa patagónica y camino, contraplano

Mientras Sarita camina bicicleta en mano y llora, desconsolada; por atrás, por encima de su hombro, en el inmenso punto de fuga que marca el camino de tierra por el que Sara anda, se ve una nube de tierra que es como la estela de un viejo tren a vapor: es Mabel, la docente que vive en Balsa Las Perlas, que –llorando ella  también, la vemos en un insert manejando- viene a buscar a Sarita para proponerle que manden a la mierda a sus maridos, que se vayan a vivir juntas con sus hijes, que sean felices para siempre.

Sarita queda paralizada al ver que viene la lejana nube. Sabe perfectamente que es el Renault Clio de Mabel y que algo fuerte está por pasar. Lo sabe muy bien: el amor golpea las puertas de su vida con la hermosa insanía que solo el amor posee.

Ahora vemos a Sara en un contraplano más cercano: está parada como una estaca en medio del camino, con la bici en la mano. Toda su ropa se ve naranja por el sol del ocaso. De fondo se ve el Clío que viene llegando, con el brillo de fuego en el parabrisas y la estela de tierra (un dragón gigante de arcilla y polvo) aleteando por detrás.

A Sarita la bicicleta se le cae de la mano, lentamente.

Mabel baja corriendo del Clío, tira sus lentes de sol al piso, corre hasta Sara y las dos se dan el beso más tierno que puedas imaginarte en cine. Allí comienza a sonar de fondo un instrumental emotivo de Facundo Lezcano.

¿¿¿Cómo que no sabes quién es Facundo Lezcano???

Facundo es el mejor compositor patagónico de música para bandas sonoras. Lejos. Tiene 24 años, el futuro entero por componer. Escuchá algo de lo que hace:

https://open.spotify.com/track/5SRlB80rR5eyGKHLnJTNTE?si=lr7GLbgYS9Cuh4Sglle_EQ

 

Si querés conocer más sobre Facundo entrá [en este nota y leé como piensa y como crea.

 

https://vaconfirma.com.ar/?articulos_seccion_719/id_9470/-hasta-un-reloj-estropeado-acierta-dos-veces-al-dia-

 

Bueno, ahora que ya probaste algo del Facu, podemos seguir.

El ejemplo de la película de Sara y Mabel es solo una de las posibles historias que la geografía patagónica te invita a contar. Esto lo hablamos en el capítulo pasado de esta serie de notas: la inmensidad de Patagonia es una tentación romántica.

Romántica en el sentido de la literatura y la música del romanticismo, que –como movimiento cultural con su propia estética- solía convertir al entorno de la naturaleza en un personaje más del relato.

Byron lo hacía con los acantilados y el mar, Esteban Echeverría con el desierto pampeano, Edvard Grieg lo hizo con su “Espíritu del amanecer”, donde la planicie pre boscosa, con sus álamos y animales, y el sol que asoma, no son “un decorado”, sino que son los personajes principales y claves dentro de la historia que él está contando, una trama basada en un sólido relato de Henrick Ibsen:

 

 

¿Adónde vamos con todo este preámbulo? Al mismo lugar de siempre. Patagonia (su geografía única) es así: una “trampa” para que la incluyas como personaje co-protagonista de lo que estés contando visualmente.

Patagonia debería salir entre los principales créditos actorales de todas y cada una de las películas que se filman en Patagonia. Alguien dirá:

“(…) eso que presuponés está traído de los pelos, todas las películas necesitan su contexto geográfico, no existe ni una sola que no lo tenga”.

A mi favor diría: no, una historia filmada en una favela, como “Ciudad de Dios” bien puede ser contada en esa u otra favela, quizás en cualquier favela de América Latina. Una película que cuenta una historia en el espacio utiliza el marco referencial de siempre: lo negro inmenso, la nave que flota y se recorta en la negrura gracias a la luz de algún astro. Sin embargo –y en el sentido estricto de este razonamiento- Patagonia es única.

Ya está, no la soslayen: pónganla en los créditos, porque es co-protagonista.

Si esto fuera un mero chiste de redes sociales, o un meme, pondríamos aquí: “A Carlos Sorín le gusta esto”

 

el perro

 

Y como no somos vagos, por más que lo parezcamos, nos tomamos la molestia de salir a cotejar –muy explícitamente- quien más está de acuerdo con esta visión tan romántica del asunto.

Al primero que consultamos fue a José Celestino Campusano, director de CineBruto, productora que ha realizado ya dos ficciones en Patagonia (“El sacrificio de Nehuen Puyelli” y “El Azote”, recientemente estrenada en la TV Pública para todo el país), además de haber hecho varios registros documentales también aquí, en Patagonia.

José, que es quilmeño de nacimiento, que ha construido una estética que suele tener lo social urbano como eje central, y que con ella se ha ganado un nombre inmenso en toda Latinoamérica; bien podría tener una visión metropolitana-centrista sobre este tema.

Sin embargo…

 

 

Y José no fue el único a quien consultamos. También le pedimos una opinión al respecto a Mario Tondato, realizador independiente de cine, trabajador del Foro Cine del Sur de la Universidad Nacional del Comahue. Mario también tiene cosas para agregar en este sentido:

 

 

El último de los testimonios que recogimos fue el de un realizador neuquino de otra generación, una más joven que la de los maestros Mario y José. Él es Diego Lumerman, director de –entre otros trabajos de impactante riqueza visual y finísimo guion- el bellísimo documental "Territorios extraordinarios: la cordillera viento":

 

 

Para finalizar este capítulo, que es la antesala del próximo episodio de esta saga -en el que contaremos la historia de las primeras películas filmadas en Patagonia a principios del siglo XX- vamos a dejarte un fragmento del prefacio del excelente libro “Cine en el País del Viento” del profesor Andrés Levinson, quien cuenta que el nombre de su libro, lo tomó de un aguafuerte escrito por Roberto Arlt, quien –con la precisión quirúrgica que le caracterizaba- bautizó así (el país del viento) a la Patagonia para que los lectores porteños de la revista “Proa” inmediatamente se sitúen mentalmente donde debían situarse, y no en cualquier fantasía inexistente, toda vez que iban a “ver” la Patagonia desde Buenos Aires. El fragmento es el corolario ideal para este paseo por Patagonia como protagonista estrella de lo que se cuenta. Y dice:

Arlt se nutre de múltiples imágenes y metáforas para que sus lectores en Buenos Aires viajen aunque sea mínimamente junto a él. Arlt en la instancia del viaje se reconoce, aún a su pesar, turista, de hecho en un aguafuerte anterior “Hasta donde termina el riel” escribe: ‘Y yo, con mi indumentaria mitad inglesa y mitad linyera, represento al turismo; un turismo que me estoy tragando con resignación para satisfacer la curiosidad de mis lectores porteños’. Es en este punto donde las aguafuertes patagónicas se vinculan al cine, en el gesto arltiano del viajero que intenta describir cómo puede, lo que ve. En el prólogo al libro que reúne estas aguafuertes, Sylvia Saítta explica que; ‘Enfrentado a un universo referencial desconocido, Arlt incorpora rápidamente términos y metáforas de tarjeta postal, que le permiten describir un escenario poco presente en su narrativa (…). Sin embargo, la inconmensurabilidad del paisaje patagónico pone en cuestión la posibilidad de traducción visual a lo verbal’.”

¿Nos vemos en la próxima? Dale, te esperamos…

 

Por Fernando Barraza

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