CONTRAPUNTO. Poesía en la Patagonia. AÑIÑIR-COSTA-SPÍNDOLA

Santiago, Región Metropolitana. Coordenadas: 33º 26’ 56” S – 70º 40’ 09” O

 

Propongo un diálogo territorial de la poesía. Invito para este Contrapunto a las voces de David, Ricardo y Jorge. Sobre la poesía de Añiñir, reflexiono en preguntas acerca de los modos de Habitar la Patagonia, que responden Costa y Spíndola. Antes, Añiñir, dirá lo suyo.

 

 

Lefiman

Hubo de esos días en los cuales tú no sabes si el sol se equivocó al salir o al entrar.

Hubo esos días R de revuelta, cuando la sangre revienta por los ríos o simplemente revuelve su cauce río arriba por puro gusto y disgusto. 

Hubo noches llenas de sueños donde nunca supimos de asesinatos y el hogar no pasaba de ser tan sólo un catre donde empotrar el cuerpo. 

Hubo visiones, Perimuntú, alusiones y esquizofrenias que no fueron de categoría y diagnóstico médico.

 

Hubo de ésas donde la piel se mimetizaba con la noche y el futapewma, sin que ningún perro salga con su Fusil AK-47 y te ladre a media noche: “¡Carabineros de Chile, andando indio conchetumadre!” 

Hubo recuerdos evocados para enseñarnos cómo se debía obrar, donde el cerezo aún nos enrojecía el beso y los viejos no sufrían porque uno se ausentara. 

Hubo mágicos movimientos estelares bajo los cuales se podía distinguir claramente cómo antiguos cometas barbechaban la tierra de allá arriba, y hacían llover para regar nuestra seca carne mientras los arcoíris peinaban las nubes: su chasca de espuma.

 

El tiempo pasado fue mejor, musitaba la larva rumbo a ser mariposa debajo del tronco herido. 

Hubo esquinas plagadas de fuego por las noches para puro celebrar la trawunión de amigos y qué más da. 

También hubo diamantes que colgábamos en el pecho par no extraviarnos en el río de la plata mientras nadábamos precoces en el paraíso depredado.

 

¡Ya poh, Lefiman, pégale la cachá! Engulle esta plegaria, enjuágate la sonrisa y los ojos para ver nuevamente lo que falta por construir…

 

 

 

HABITAR LAS PERIFERIAS. La Patagonia vista desde el lugar de enunciación del poema Lefiman. 

Habla David Añiñir.

 

Para mi habitante citadino, poblador de barrios populares de Santiago, es difícil establecer un hablante patagón. Ustedes lo tendrán, seguro. Puedo hacer una impresión de un periodo de viaje, vivir temporadas y por sobre todo dar crédito del afecto de mis peñi y lamgen del Puelmapu, como incipiente Napulkafe (caminante).

La Patagonia vista desde  lugar de los poderosos es fuente de extrativismo  -saqueo- económico y  rico bastión  de explotación  de recursos naturales; guarda ciento ochenta grados de  la vivencia del habitante común.

Habitar la Patagonia, el Puelmapu, tierras del Este del Wallmapu, en mi caso, es revisar nuevamente los episodios de exterminios y violencia  que la historia posesiona como instrumento del relato dominante. Hoy esos mecanismos actualizados hacen gala en los diferentes conflictos entre el gran empresariado y  las comunidades afectadas.

Habitar la Patagonia desde los tentáculos que dieron origen a “La Anónima"[1], no es lo mismo que habitarla desde los barrios de Bariloche, Esquel o Fiske Menuco.

Como habitante Mapurbe, hijo del despojo, tensiona esa homologación identitaria y relevamos una historia de no más de cien años. El cristianismo valida su historia de dos mil años. América tiene un prontuario de invasión de quinientos años, así que ponderar estas cifras nos dirá algo de la tierra, sus cerros, montañas, humedales, lagos que en poesía poseen su propio lenguaje pretérito y resignicando; los códigos de una remembranza social de los pueblos originarios. Con los resabios de una memoria obstinada en el actual contexto de modernidad tecno que pone en valor el legado de pertenencia y el sentido de identidad indígena. Eso creo yo.

Entonces cuando se enuncia un poema como vehículo de análisis crítico a discutir ese habitar,  éste se empodera de un lenguaje coloquial que atraviesa una generación indígena en su diáspora y dispersión por el territorio, excluido de aquellas extensiones paradisíacas de la especulación inmobiliaria. Nos invita a cuestionar tales sentidos de pertenencia identitaria en un gesto amable, como es la poesía.

Los Ñgen son espíritus  cuidadores y dueños de la naturaleza. Las montañas, ríos, lagos, estepa, viento, nacientes de agua, tienen un newen que cuida y establece el equilibrio social y espiritual. El rol de la machi media ahí entre esos espíritus de la tierra y sus habitantes. Esos espíritus residen en territorio patagónico.

Lefiman (cóndor rápido) encarnado en un mapuche obrero de la construcción,  que durante los cuarenta y cinco minutos de almuerzo busca el ciber más cercano al edificio donde labura, va a conectarse para botar ese recorrido de palabras. Palabras que conforman la imagen y el peso de la disputa cara a cara a un modelo vida que quita vida, envalentonan  el coraje del lenguaje,  tan rudo como el mismo laburo de enfierrador  marichiwaneado, la corrosión de una voz poética.

[1] Cadena de supermercados, diseminados en la Patagonia, perteneciente a la familia Peña Braun.

 

 

Responde Ricardo Costa

Neuquén. Coordenadas: 39º 0’ 30” S – 68º 08’ 29” O

 

Hay una Patagonia uterina, íntima, que difiere a la de la vastedad del paisaje. ¿Cómo se habita ese lugar oculto a la mirada de visitantes?

Una de las formas de habitarla -y pongo énfasis en la idea de “UNA”- es a través de la experiencia poética. Y al referirme a ello no me circunscribo exclusivamente a la palabra escrita y encolumnada en versos, ya que son múltiples los lenguajes expresivos que se manifiestan desde este registro. Pero haciéndome cargo del valor poético de la palabra, es necesario señalar que no sólo mediante la función semántica es posible habitar la Patagonia. De hecho, escribir es reconfigurar una realidad que puede y debe leerse entre las líneas de lo que la palabra, o la imagen, o el sonido, construyen. Hablo del pleno acto de poetizar (Poiesis) una experiencia como la que nos convoca. Es generosa la lista de escritoras/es, músicas/os o artistas visuales que pueden dar fe de ello. Hablo de una visión cosmogónica surmundista; visión que somos capaces de alcanzar en, por ejemplo, ese limbo que suele ponernos en vilo cuando cursamos durante horas y horas la estepa patagónica ¡Divino horizonte circular! Porque la fascinación surmundista está, justamente, en esa constelación de hipnóticos mundos desérticos que se conjugan entre la cordillera y la costa atlántica. Allí, donde Je est un autre [1] y no sabe si, Aniñir dixit:  el sol se equivocó al salir o al entrar.  Tiempo, espacio, tiempo y después tiempo, es la fórmula que nos conduce a la contemplación de este surdelmundo que, a veces, y sólo a veces, logramos habitar prescindiendo de nuestra carnalidad y dejándonos cautivar por lo que habla más allá de los sentidos.

¿Dónde está como lugar físico, como tiempo o como urgencia propia, el lugar de la escritura?

Está en la voracidad con la que el tiempo apremia. Los seres humanos somos los únicos seres vivos que tenemos conciencia de nuestra finitud. Sabemos que vamos a morir. Algún día vamos a dejar esta materia biodegradable que nos contiene, para asumir un cambio de estado. Vale decir que necesitamos dar testimonio de nuestra existencia. Por eso narramos. Por eso escribimos. Por eso somos, potencialmente, materia poética.

Añiñir es una fuente de neologismos, buscando y dando voz a una poética personalísima. Rompe –creo- los estereotipos de la lengua, mixtura. ¿Pasó por tu propia voz esa experiencia de ruptura, la necesidad de habitar una territorialidad íntima para abrir tu voz poética?

Doy por hecho que ese instante de “ruptura” es una experiencia común a todas/os aquellas/os que se valen de la palabra para testimoniar su lugar en el mundo, o bien para buscar el sentido de la propia existencia en éste. En mi caso, ocurrió a partir de una dolorosa experiencia que tuve que afrontar con uno de mis hijos, cuando este era muy chiquito. El replanteo brutal al que te conduce una crisis de ese tenor hace que tu vida se depure de personas, elementos y falsos valores de manera tajante, para hallar, después de un tiempo de forzada reflexión, lo esencial de vos mismo; lo que de allí en más pugnará por reconstruirte con otra legitimidad. Y, bueno, llegada la pacificación de cuerpo y alma, comienza a escucharse un susurro mucho más auténtico. Una voz que te ayuda a visualizar un nuevo horizonte de vida. Entonces, renacés a una escritura menos sinuosa. Menos intertextual. Y más propia, por supuesto.

Vivís en un lugar donde el viento es parte de lo cotidiano, ¿cómo, cuándo se escribe contra el viento?

Bueno, no creo que sea posible escribir “contra” el viento, debido a que se trata de un fenómeno natural protagonista de nuestra existencia surmundista. Es más, es él el que pide letra para irrumpir en nuestro imaginario y volverse ritmo, pulso, movimiento. Personalmente, el viento es un elemento imprescindible para poder habitar la Patagonia de manera cómplice con la naturaleza. Áspero, inoportuno siempre, cegador de optimismo. Pero cargado de una identidad subyugante a la hora de poner las cartas sobre la mesa y abrir el juego a lo que sople en suerte.

¿Hubo un tiempo mejor para escribir en la Patagonia?

Actualmente, el colectivo de escritoras/es que cunde en la Patagonia es nutrido. Podemos comprobarlo a través de lo que sucede en las ferias de libros regionales, en las ediciones de sellos locales, en los diversos encuentros que se celebran por estas latitudes, o en las publicaciones digitales, que son vastísimas. Ahora, que la edición o promoción de las/os mismas/os marque un notable déficit al respecto, es otro tema. De manera que no creo que haya existido, o que vaya a existir, un tiempo mejor para escribir (si es que de calidad literaria estamos hablando). La creatividad acontece cuando el momento lo reclama. Se me ocurre pensar ahora en Fray Luís de León, en Sor Juana, en Vallejo, en Dostoievsky, en Urondo, en Gelman, en Alejandra, en Anna Ajmátova…  Enclaustrados por la inquisición. Encarcelados por regímenes totalitarios. Confinados al Gulag. Asfixiados por la enfermedad y la miseria. Condenadas y precipitadas al suicidio… Ellas/os nunca dejaron de escribir, de reconfigurar mundos posibles.  Pero también pienso, a fin de ilustrar el tema desde el contexto histórico patagónico, en nuestra querida y  Irma Cuña; estigmatizada por el entorno sociofamiliar de su época, labró un proyecto de vida -sola- en Francia y México, para luego ser perseguida y prohibida por la dictadura militar argentina. Y así, con todo, nunca dejó de escribir y agigantarse académicamente. Reitero, si es que de “calidad literaria” estamos hablando, y no de recursos o confort situacional, me arriesgo a decir que no existen tiempos mejores o peores para hacerlo en la Patagonia.

¿Y para habitarla?

Creo, Vivi, que la respuesta a esta pregunta va implícita en las precedentes y en las siguientes –dice él, porque intuye lo que le preguntaré…

¿De qué están hechos los hombres poetas de la Patagonia?

Corrijo. Hombres y Mujeres de la Patagonia. Quienes pertenecemos a aquella generación que integró los movimientos migratorios aluvionales de los ’70-’80, nos movilizaba una deseosa voluntad de habitar esa “reserva utópica” que nuestro imaginario reclamaba por entonces. Si bien muchos/as veníamos corridos/as o empujados/as por la dictadura militar, hubo otras/os que, agotados por la crisis de época, venían a fundar una nueva vida, abonada por la ilusión de un contexto generoso en ilusiones. Creo que aquella generación y las subsiguientes estaban y están hechas de un espíritu fundacional, utópico, constructor de esperanzas. Rasgo que, aunque parezca anacrónico, aún perdura en las/os nuevas/os migrantes. Bueno, al menos me gusta creer que, todavía, por allí pasa la cosa.

¿Qué es la identidad?

Es reconocerse como sujeto/a social, cultural y crítico/a, atado a un tiempo y a un espacio que lo hacen proceder como tal. Caso contrario, seríamos simples individuos/as;  mansos/as víctimas de la inercia que impulsa el poder de turno. Hombres y mujeres impostando una presencia identitaria endeble, vulnerable, insostenible en el tiempo.

Y la Patagonia, ¿qué es?

Una celebrada reserva utópica, habitada por unos/as, deseada por otros/as, e invisible para las/os escépticas/os. Por supuesto, lejos estoy de ser escéptico. Menos, un deseador frustrado. Por eso me declaro un ambicioso utopista, siempre.

[1] “Yo soy otro”. Arthur Rimbaud. Cartas del vidente.

 

 

Responde Jorge Spíndola

 

Comodoro Rivadavia, Chubut. Coordenadas: 45º 51’ 56” S – 67º 28’ 56” O

 

Hay una Patagonia uterina, íntima, que difiere a la de la vastedad del paisaje. ¿Cómo se habita ese lugar oculto a la mirada de visitantes?

Hola, ante todo: gracias por la invitación a dialogar contigo y con mis queridos Ricardo Costa y David Añiñir. Y gracias por el poema de David, tremendo poeta el mapurbe creador de palabras, necesarias para habitar tanto desarraigo.

La conversación inicia con la Patagonia, como espacio prefigurado por la vastedad y la necesidad de una intimidad ante tanta desnudez. En verdad, creo que todo territorio es vasto y pequeño a la vez, que la Patagonia y esa vastedad del paisaje son parte de una cartografía colonial de nuestro espacio.

Pienso ahora en los viajeros coloniales, ingleses, alemanes (Musters, Humboldt, entre otros), pienso en la idea de “desierto”, largamente construida por los intelectuales vernáculos del siglo XIX como Echeverría, Sarmiento, Alberdi, incluso el propio José Hernández. Una matriz ideológica que prefigura y construye desde la letra colonial la idea de un “desierto”, un espacio extraño, vasto y dispuesto a ser conquistado para la civilización junto a la pampa o la “Tierra adentro” como le llamaban a los territorios mapuche-tehuelche.

Pienso que la intelectualidad de la elite criolla del Siglo XIX pre moldeó “el desierto” y “la barbarie indígena” en las letras y que luego de creada esa “realidad otra” (extensa y deshabitada como un océanos dirá Echeverría), se crearon las condiciones simbólicas y materiales para la invasión militar y el genocidio perpetrado por la Generación del ‘80.

Creo que se habita este lugar de infinitas maneras y con diversos modos de conciencia respecto del territorio. Aquí también es el Wallmapu, una forma de habitar y de ser reconociéndose parte de otras lenguas, otros modos de ser y estar en el mundo que fueron clausurados.

Retomo entonces la idea de “lugar oculto a la mirada de visitantes”,  hay visitantes y visitantes. La hostilidad de algunos no es la hostilidad de todos. El visitante hostil, invasor, es el winka, “el que viene a arrancar de raíz”, como dice el kimche Marileo Lefío. Los Moreno, los Roca, los Villegas, los Benetton, los Lewis, los argentinos mediáticos y millonarios que quieren su cuota de infinito en la Patagonia. 

Los visitantes que vienen tras la postal que le vendieron de la Patagonia y desean ver y “conocer” lo que en el instructivo de lejanías les dijeron que aquí había para ver.

Y otros, más curiosos, más abiertos a esa otredad nuestra, a esa intimidad antigua que no se revela ni se abre fácilmente ante quien o quienes la niegan y se niegan a sí mismos a la diversidad del ser.

 

¿Dónde está como lugar físico, como tiempo o como urgencia propia, el lugar de la escritura?

Uf, ahí sí que me mataste. La escritura es siempre un lugar de intimidad, de uno frente a sí mismo, con su cuerpo, su finitud. Un tropiezo frente al mundo y a la sintaxis del lenguaje, piedra feliz del tropiezo que me permite hallarme en ese límite dentro/ fuera de.

Creo que mi escritura nace de una interioridad en diálogo con la mismidad reencontrada o perdida; luego queda esa huella de signos que puede o no entrar en diálogo con una comunalidad de voces. 

Mi escritura nace del desarraigo y del silabeo de ese que veces soy trazando texturas, tejidos, para habitar el sentido.

 

Añiñir es una fuente de neologismos, buscando y dando voz a una poética personalísima. Rompe –creo- los estereotipos de la lengua, mixtura. ¿Pasó por tu propia voz esa experiencia de ruptura, la necesidad de habitar una territorialidad íntima para abrir tu voz poética?

David Añiñir, es un maestro de la poesía y del lenguaje, siento con él algo semejante a lo que me sucede con Pedro Lemebel, con Juan Rulfo por nombrar a algunos conmovedores de la mole del lenguaje.

La herida se hizo lenguaje en ellos, palabra, extrañeza y extrañamiento ante tanta violencia normalizada en la lengua colonial. La poesía, creo, es aquella forma del lenguaje que trabaja con lo que aún no tiene hogar en una lengua. El hogar del mapuzungun fue desarraigado por el winka, el hogar existencial de los mayores; el kvtralwe donde ardía el kiñe kuifi, el saber y la vida unidas a un  mundo fue violentado, arrancado de los cuerpos a fuerza de violencia. Una violencia tan feroz y sistemática como el genocidio del Holocausto, la Shoah. Con la diferencia de que aquí aún no se ha sancionado a los genocidas, ni se ha reparado a las víctimas. Con la diferencia que aquí los genocidas tienen estatuas, calles, escuelas que orgullosamente aún llevan sus nombres. 

A nuestro mayores le arrancaron el mapuzungun del cuerpo y luego vino la lengua castellana, esta lengua madrastra, lengua del estado. David Añiñir es como Paul Celan escribiendo en la lengua del opresor, diciéndole en la cara a la institución literaria chileno/argentina: mira aquí sigo hablando de un mundo que no pudiste matar, petu mongelen, aún estamos vivos, aquí vengo con mis peumas del patio trasero a llenar de mi mundo tu estrecho lenguaje/mundo. Y lo voy a dejar tu lengua patas para arriba, no quedará un rincón de tu lengua sin ser champurreada, silabeada por mi mapuzungun warria, urbano mixturado, mi mapuzungun a cuestas, mi memoras del pasado y mis memorias del futuro.

Esa es la plegaria a Lefiman, cóndor veloz, perrimontü y visión de que el pasado está delante y que la utopía de un posible renacer del küme mongen, el buen vivir, está siempre por hacerse, en esta ahoridad donde habitan todos los tiempos.

 

Vivís en un lugar donde el viento es parte de lo cotidiano, ¿cómo, cuándo se escribe contra el viento?

A veces es contra el viento, sí. Otras es un dejarse llevar, entrar en su fuerza y dejarse llevar. Aceptar que el viento lleva y trae en una sintaxis del mundo que aún podemos develar o al menos intuir.

Lógica del viento juntar lenguajes, cuerpos, latas, aromas que amanecen mezclados en otro sitio,  como si una dialéctica del cosmos nos hiciera naufragar.

En poesía no hay gobierno del lenguaje, la lengua misma es un viento de locos que empuja y hace de tu voluntad una  deriva que a veces es mejor aceptar, rendirse  a ella para llegar a las costas de ese otro no lugar.

 

¿Hubo un tiempo mejor para escribir en la Patagonia?

No. Como dice el flaco Spinetta, por más que me fuercen yo nunca voy a decir que todo pasado fue mejor.

 

¿Y para habitarla?

Creo que este es un tiempo maravilloso para habitarla y deshacerla.

Hay que deshacer la casa del amo para rehacerla con otros lenguajes, habitarla de una manera más amorosa con la gente de aquí, con los que vinieron y se quedaron, y sobre todo con la tierra, nuestra madre.

Hay que despatagonializar la Patagonia en tanto mapa nacional y colonial. Hay que hacer visible el Wallmapu, y otras formas de ver y hacer el territorio. Un territorio de mar a mar de Pacífico a Atlántico lleno de voces, lenguas, modos de vivir que luchan por su derecho de ser. Una casa donde la co-presencia sea, como este zorzal que ahora llega a mi ventana mientras escribo.

Una casa donde los límites no sean la oclusión de otro, sino fronteras donde se abre y se reconoce la pluralidad del ser. Pienso ahora en mis estudiantes hijos e hijas de chilotes williches como yo, pienso también en mis estudiantes hijos e hijas de quechua-hablantes, guaraní-hablantes, migrantes senegaleses, lenguas, cuerpos/amores migrantes que están resquebrajando los lugares comunes de esa Patagonia lejana y su old far westismo. Cuerpos/amores quechuahablando,  guaraníamando, haciendo hogar, intimidad nueva tan cerca de aquí.

 

¿De qué están hechos los hombres poetas de la Patagonia?

Creo que no se puede generalizar. Aún leo poéticas que insisten en el “desierto”, en el  extrañamiento y la lejanía, poéticas que se siguen pensando desde la matriz del viajero inglés, como dice mi querido Raúl Mansilla.

Y creo también que desde hace ya tiempo hay mucha poesía de aquí que ha dejado de ser celebratoria de esa Patagonia prefigurada en los manuales de buen burgués visitante. Leo a poetas del sur, a ambos lados de la cordillera, Puel mapu y Ngulu mapu,  que retoman las huellas de esas lenguas arrancadas, de esas historias y cuerpos silenciados. Leo a Cristian Formoso, a Pavel Oyarzun allá en Punta Arenas, a León Oqueteaux en Puerto Aguirre, a José Mansilla en Aysén, a  Ivonne Coñuecar allá en Coyhaique o en Rosario qué más da, a Viviana Ayilef y a Lucho Carranza en Valcheta o Puerto Madryn, Trelew, Lago Puelo, quien sabe dónde andarán. Y veo la intra-historia, la contra-historia, un contra-lenguaje de amor que está rehaciendo las memorias de lo que vendrá.

 

¿Qué es la identidad?

La identidad es un campo de batallas, un espacio político que siempre está en disputa.

La identidad hoy es un lugar de capturas y resistencias. El capitalismo desde sus dispositivos y nuevas tecnologías de saber/poder ha ido por las subjetividades y las identidades a escala global. Construir identidades y sujetos, listos para el sistema del consumo de sí mismos y de millones de productos.

Hay resistencias invisibles, solitarias y otras que logran visibilidad y consensos. Las identidades de género y post género en disidencia, identidades afroamericanas en proceso de reinvención,  identidades del sur desmarcándose del axioma “eres latino” prefigurado por el modelo anglo-sajón,  identidades mapurbes como dice David, pibas pibes ingresando a purruquear con su hip hop, su celular, su barrio de alto de Bariloche atravesado por la exclusión. Rafita Nawel con su remera de Boca, sus clases de carpintería y su pewma amor por Lafken Mapu.

La protesta social en Chile iniciada en octubre de 2019, aún está en proceso con toda su historicidad de luchas y con todas las nuevas/antiguas identidades que se reinventan y asocian en la calle para derribar el mito neoliberal herencia del pinochetismo.

Sé que me voy siempre a la social  pero ya lo dije,  la intimidad es política. La identidad no es una esencia, es construida en la argamasa de la historia, y en tanto construcción está siempre en procesos de resistencias y capturas. Y es una elección verdadera sólo  cuando es posible salir de los esencialismos, incluso los esencialismos de la sangre y otros fundamentalismos que no nos dejan crecer. “Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo”, dice Audre Lorde.

 

Y la Patagonia, ¿qué es?

La Patagonia es mi abuelo chilote cruzando descalzo la pampa, mi abuela chilota-williche plantando papas, geranios y frutillas en los cerros pelados de comodoro rivadavia. Los exiliados internos del ‘70 trayendo sus memorias de luchas. Es el pueblo de Esquel levantándose contra la minera. Son los voraces explotadores de siempre. El cráneo de los ancestros en las vitrinas del museo, las restituciones de cuerpos en las comunidades. El centenario de los acontecimientos de la Patagonia trágica (1920-21), donde un puñado de inmigrantes polacas, gallegos, italianos anarquistas unidos a miles de peones rurales indoamericanos, antes dueños de la tierra, enfrentaron al sistema ganadero de las estancias de la oligarquía anglo-argentina.

La Patagonia es un espacio cortado en dos por el navajazo estatal chileno-argentino. Un libro/territorio de mar a mar, habitado por innumerables caminos y huellas de otras formas dónde vivir, que hicieron de la cordillera un puente, no una división. Ahí está para siempre luminosa, la shamán Lola Kiepja cantando en selk’nam con el espíritu de los que estuvieron antes. Ahí andan los hijos de los hijos regresando al territorio cada vez que se aturden de no ser en las ciudades.

 

David Añiñir foto     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

David Añiñir Guilitraro: Poeta, obrero de la construcción, nacido en agosto de 1971 en Santiago de Chile.

     Sobre su libro Autoretraxto, de Odiokracia Autoediciones (2014), que recopila poemas de dos libros anteriores: Haykuche (2008) y Mapurbe, venganza a raíz (2009), el escritor y docente Javier Milanca, dijo: “Newen del bueno… ulkantun mapuche pulento y esencial. Ulkantun de la esnaki… ulkantun de warría brava. Estas letras vienen en kurrüf virtual… deconstrucción del punk purrún pero con fentren kimun… que se multiplique en los incendios de todo los weichanes que vienen, siempre con latido de kultrunFEWLA WACHOOO!!! Feley!!!!”

 

 

 

 

 

 

 

 

Costa Rjpg   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ricardo Costa es escritor y docente. Reside en Neuquén, Patagonia Argentina. Entre otros títulos de poesía, ha publicado: Teatro teorema (Premio Fundación Antorchas 1996. Ed. Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1996); Danza curva (Premio Fondo Nacional de las Artes 1998. Ed. Del Dock, Bs. As 1999); Veda negra (Ed. Del Dock, Bs. As 2001. Tercer Premio Neruda de Poesía. Temuco, Chile 2000. Ed. Del Dock, Bs. As 2001); Mundo crudo, Patagonia Satori (Premio Internacional de Poesía Macedonio Palomino para obra publicada, México 2008. Ed. Limón, Neuquén, 2005); Fenómeno natural (Premio Nacional de Poesía Javier Adúriz 2012. CEDIC, Buenos Aires 2012) y Crónica menor. Antología mezquina (Ediciones con Doble Z, Neuquén 2015).

  En cuanto a ensayo, ha hecho lo propio bajo los títulos: Un referente fundacional (Ed. El Suri Porfiado, Bs. As, 2007) y Formar Escritores Para Formar Lectores (Ediciones de La Grieta. San Martín de los Andes, 2019).

 En género novela, ha publicado: Fauna terca (Ed. El Suri Porfiado, Bs. As, 2011) y Todos tus huesos apuntan al cielo (Premio Internacional de novela Avilés Fabila, México, 2019. Editorial Ink).

Durante el período 2001-2013, fue Director del ISFD N° 9, Paulo Freire.

Desde 2009, coordina el taller de capacitación docente FORMAR ESCRITORES PARA FORMAR LECTORES.

 

 

 

 

 

IMG 20180718 134519840 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jorge Spíndola CárdenasPoeta, docente de literaturas en la Universidad Nacional de la Patagonia y en el ISFD 807, de C. Rivadavia. Es investigador en Ciencias Humanas. Licenciado en Letras por la UNP. Doctor en Ciencias Humanas por la Universidad Austral de Chile. Codirige el Centro de estudios de lenguas y literaturas patagónicas y andinas (CELLPA- UNP).

Ha publicado Matame si no te sirvo (1994), Calles laterales (2002), Jerez volcado (2008-2010) y Perro lamiendo luna (2013). Como investigador y docente ha coordinado capacitaciones y talleres de poesía e interculturalidad en diversos espacios académicos y en colectivos sociales. Ha publicado artículos académicos en libros, revistas y diarios, donde aborda las memorias y saberes del pueblo mapuche en la poesía, el canto y otros discursos sociales en resistencia.

Fundó e integró diversos colectivos de trabajo cultural y artístico, entre ellos la Biblioteca Popular Rodolfo Walsh, el Colectivo de poesía Bajo Los Huesos, el encuentro de Culturas del Sur del Mundo.

Vive en C. Rivadavia, en la ocupación barrial/territorial del Cerro Hermitte, desde donde se ve el mar y el Estado y el COVID 19 aún no han llegado. Es papá de Camila, Luca y Nayla.

 Por ViNuCa

 

N de R:

Loading...
Loading...