EDITORIAL: HABITAR EL SILENCIO. Transcurrir de la vida sin pandemia.

Tres Lagos, Santa Cruz. Coordenadas: 49º 35' 52" S - 71º 26' 47" O

 

El 25 de abril una noticia ganó los titulares de los medios nacionales por lo insólito del suceso. Pero, hete aquí la importancia del punto de vista de quién cuenta la historia. Puede parecer insólito que en tiempos de alta complejidad tecnológica, haya quienes no tengan acceso si quiera a los rudimentos básicos para la comunicación: pilas, en este caso. Y no se trata de baterías sofisticadas; se trata de pilas para radio, de ésas que ya no se usan en los centros urbanos.

Pienso en mi propio derrotero gráfico (sencillo, pero no inexistente); desde el esténcil –piedra filosofal- de la escritura juvenil, enamorada y justiciera, a la imprenta después, pasaron por mis manos de papel: Sendero, Piyama, (en las que fui Directora de Redacción); Estación (de mi amigo Juan Milillo, donde colaboraba); Namún Tuán (también Directora/Editora); Rescate Villa (de mi archienemigo literario Diego Rodríguez Reis, donde soy colaboradora). Del material impreso, con olor a papel pesado, de segunda, sin brillo. Tan noble, tan cercano, de tanto abrigo; en su textura, en su color casi blanco, en sus palabras y el deseo de comunicar.

Y hoy, a partir de la idea de Betina González Casasola, la convocatoria de Gabriel Dell’acqua y la maestría en la programación de Ariel Danduch, por mis manos de teclas y apuntes (no declino al encanto del papel) pasa y llega Patagonia CulturaS; esta otra forma, intangible, exponencialmente abarcativa, indiscutiblemente dinámica, visualmente atractiva. ¡Sonora! Sí, son múltiples las posibilidades de esta revista en línea que apenas nacida, cuenta con la bendición de grandes referentes de la cultura patagónica, su presencia generosa, su reconocimiento y afectuoso acompañamiento. Rancho abierto, mate dispuesto, mesa llana a la charla justa, o catre para el descanso; matices todos del modo de habitar la Patagonia.

Pero claro, esta editorial empieza con otro tema: los paisanos que no se enteraron de la pandemia mundial; lo mismo que necesitan para leernos, para escucharnos cuando les contamos historias, sus propias historias, es lo mismo que necesitan para saber qué pasa en el mundo, en el perímetro mayor a los cientos de kilómetros que los rodean.

Hay entonces una mirada de apariencia instalada desde los centros poblados y con relativos accesos a bienes y servicios, respecto del resto de los -digamos- espacios habitados. Desde esa mirada parcial, se ve al todo como una reproducción holográfica de la pequeña parte.

Es natural, es parte de la vida en regiones "del interior", la lejanía en paisajes y territorios, y habitar la Patagonia no escapa a esas características. Es decir: lo que asombra en las grandes urbes, es parte de lo cotidiano para otras formas de vivir. 

Los paisanos, obreros, peones de estancias: viven así. No es sólo ahora que no se enteraron de una pandemia a nivel mundial. Antes, no se enteraron de muchas otras cosas. De las más caras a sus propias vidas: el nacimiento de un hijola muerte de un familiar. ¿No llega la tecnología a esos lugares? ¿Cómo hará el patrón para enterarse de la marcha de sus tierras, de sus intereses? Probablemente en la confianza de las personas que trabajan para él, depositará la suya.

Éso, que Marc Augé definió con total claridad como no lugares, e identificó en espacios superpoblados pero alejados del contacto humano; del mirarse, del estar, del presentirse. Y que ahondó además en la advertencia de quienes quedan fuera del sistema informático, de redes, y por lo mismo del acceso a una situación de comunicación privilegiada, inmediata, actual, dinámica; aun cuando pudieren estar a pocos minutos de los centros de mayor población y sofisticación tecnológica con aspiración a cluster empresariales. 

Cuando se vive en relación cercana, constante, con la naturaleza, donde el espacio social ha sido poco o medianamente modificado, las personas pasan por estas contingencias: cierres de camino por crecidas, derrumbes, temporales y caídas de árboles, con todo lo que ello supone desde falta de suministros y acceso a servicios básicos; cortes de energía eléctrica y todo lo que de ella dependa, cortes de agua y de gas o leña... durante días, semanas o meses. Así ha sido con cada erupción volcánica, así con cada deslave de montañas, con intensísimas nevadas, con sequías, tsunamis en las costas del Pacífico, o un simple accidente donde un obrero por maniobrar mal rompe una fibra óptica que aísla virtualmente a varios pueblos distantes entre sí a cientos de kilómetros. 

Claro, no es así en toda la Patagonia. Pero cierto es que la vida en ella, en su gente, tiene otro pulso. Y es real también que, en torno al trabajo rural, muchas personas viven este aislamiento -impuesto hoy por la circunstancia imponderable de una pandemia-, que angustia y agita puertas adentro-muros afuera de Facebook, a la gran mayoría. 

Quienes transitamos las ruralidades o las simples periferias -aún de las ciudades más densamente pobladas- hemos conocido por referencia o propia experiencia estas realidades. No podemos sorprendernos de lo explícitamente denunciado por la naturaleza. La noticia que llega a los medios nacionales: asombra y en el asombro romantiza el hallazgo de una forma de vida ideal, bucólica. Hay otras miradas más profundas que esperan fuera de una discursiva de lo exótico; hay cuanto menos -para iniciar- una notable cuestión de asimetría

 "En muchos casos no tienen luz ni señal de teléfono, para ir a buscarla tienen que acercarse a alguna ruta, o a un monte y esperar que llegue, y recién ahí mandar un mensaje", "explica el comisario" -dice La Nación. Y es claro, el comisario explica lo que para el otro es incomprensible desde el lugar en que está parado cuando mira.

Clarín añade que: “Lo tomaron con sorpresa, pero tranquilos. Ninguno se alarmó". Y hace referencia a que "algunos se acordaron de la película "Good bye, Lenin" -algunos de la redacción, quizá. Agrega que el grupo de Policía de la División de Operaciones Rurales de El Calafate, que los asistió, "les llevan víveres, gas y combustible que los propietarios de estancia adquieren para sus trabajadores en los comercios de El Calafate". Sin entrar en mayores detalles sobre la labor que se impone al personal de seguridad, resulta más que lógico que sean los propietarios de estancia los que atiendan estas necesidades: ahí trabajan, ahí viven los peones y sus familias. ¿Quién velaría por ellos si no?

En esos términos, respecto de no lugar y sus periferias, se debate, por ejemplo, el acceso real de alumnxs y docentes a los planes emanados desde los ministerios de educación para la "no pérdida" de clases y contenidos pedagógicos, como si en ello nos fuera la vida: una carrera en la producción del conocimiento; prioritaria, puede ser; excluyente, seguramente no. O el acceso virtual (no siempre real) a los sistemas de salud, que se ofrece desde aplicaciones en celulares desde la cosmopolita y muy conectada Ciudad de Buenos Aires, o la de Santiago (para quienes puedan solventar esta posibilidad), evidenciando el escaso alcance a sus propias periferias. Cuestiones ambas para revisar cuando todo esto pase. 

Si se les pregunta, es probable que ninguna de estas personas esté dispuesta a cambiar su modo de vida; es otro el aire que se respira en estas latitudes, el tiempo que se transita, la posibilidad de escuchar la lejanía, además de verla. Habitar la Patagonia, tiene también esa belleza. Pero es probable además que -si se les pregunta- puedan entregar una lista con necesidades que todavía no están satisfechas, ya que ahí viven, ahí trabajan, con el cuerpo, con el tiempo, con la mirada cuidando leguas.

 

Por: ViNuCa

Fuentes: 

La Opinión Austral

El Observador del Sur

Crónica

Clarín

La Nación

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