LA CASA QUE BAILABA. Aixa Rava.

INTEVU, Ushuaia, Tierra del Fuego. Coordenadas: 54º 48’ 06” S – 68º 18’ 10”O

LA CASA 43, LA QUE BAILABA

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Nuestra casa bailaba con el viento, juro que es cierto. Se balanceaba a su ritmo, hipnotizada, aunque fuera una casa y tuviera tantas cosas adentro. Se doblaba cuanto el viento quisiera, casi llegaba al suelo y se levantaba, enlazada a las otras casas -probada industria finesa- cual rosario danzante, un “Intevu”, decían los planos de urbanización de la ciudad. “Intevu 12 A” se llamaba nuestra manzana.

 

 

 

 

 

 

Desde adentro, parada justo en el centro del living, yo veía cómo se movían las paredes, primero hacia la derecha, luego hacia la izquierda, por un ápice sin despegarse del suelo y sin poner resistencia. Los muebles no entendían nada, estoy segura, se quedaban quietitos sintiendo cómo su espalda de repente perdía el apoyo, y hasta se advertía que hacían esfuerzo por no moverse. El viento rugía tras las ventanas, las hacía vibrar, las llenaba de arena y con cada nuevo arrebato lograba entrar sus dedos unos centímetros más por los cerrojos de las puertas, las rendijas de una abertura mal cerrada, el espacio que algún felpudo desmemoriado había dejado al descubierto. "¡No puede ser!", dirán los incrédulos, pero con las casas de madera de los Intevus era así: paredes leves, delgadas, era normal que el viento las sublevara.

Y la delgadez era tal que recuerdo haber labrado un agujero en una de las paredes de mi pieza, así nomás, con un dedo. Un agujero justo a la altura de mi cama, donde yo ponía la cabeza, y bien cerquita del rincón. Todas las noches, hablábamos con Jose, mi vecina, por el agujerito, que de tanto toqueteo, saliva y hálito, estaba cada vez más deslucido. Jose dormía también en una cucheta, pero con tres hermanas más que siempre estaban llorando, riendo o gritando. Yo tenía una sola hermana y así estaba bien, si hubiera tenido más, habríamos tenido que poner otra cama frente a la nuestra, y entonces no se hubieran visto los conejos, los árboles y las mariposas que mamá había pintado con tanto esmero, y tampoco hubiésemos podido tener el baúl de los juguetes de ese lado, ni el perchero, ni la sillita roja y la mesita que papá había traído de Punta Arenas. No, no más hermanas en esta casa, le decía a Haike, nuestro perro, y lo acercaba al agujerito para que saludara a Jose.

Los días en los que el viento abría por entero sus fauces era imposible salir, como cuando nevaba. Entonces yo me paraba en la sillita roja para mirar por la ventana rectangular que daba al descanso de la escalera, justo enfrente de mi pieza. Desde ahí veía el patio trasero de casa, que era el patio de todxs, de todas las casas: una especie de plaza interna cruzada por caminos de cemento y tierra, sin plantas, sin bancos, sin vida. Veía todo el barrio cuadradito, ordenado, apaisado, como en una pintura de Cándido; un barrio que se prolongaba y se fundía, que se borraba, porque la arena era también parte del viento y barría con él todos los contornos, todas las distancias.

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 Y parada así, como estaba, me hubiese gustado que el viento soplara con tanta rabia que mi casa se desprendiera del suelo, con Haike, papá, mamá y hermana adentro, y volara hacia otro lado, quizás no hasta Kansas, pero lejos, muy lejos de todos esos kilómetros de costa y agua, de cielos grafito, de isla helada. Lejos hasta una chacra rodeada de álamos, con flores y frutas y parras.

 

 

 

 

 

 

 

 

por Aixa Rava

 

Ph. Tais Rava

     

   

 

     Aixa Rava (Tierra del Fuego, 1982) es docente, escritora y editora. Forma parte del Comité Editorial del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo” (FADU-UBA) como correctora de la Serie Tesis del IAA. Está a cargo de la cátedra Didáctica de Segundas Lenguas del Profesorado de Sordos e Hipoacúsicos del IFD Nº 4 (Neuquén).

       Publicó los libros de poemas Barda (Buenos Aires Poetry, 2014), La luz no se corta como el papel (Ediciones con doble zeta, 2016) y Los sitios de mi cuerpo (Añosluz Editora, 2019).

 

      Participó de las antologías Rumiar. Volumen I (Rumiar Editorial, 2018) y Poesía Añosluz (Añosluz Editora, 2020).

      En enero del 2019 fundó el sello editorial Tanta Ceniza Editora en el que participan diseñadoras, ilustradoras, traductoras y escritoras argentinas.

      Forma parte de la Colectiva de Escritoras Patagónicas, proyecto que difunde las voces de escritoras de la Patagonia en el canal de YouTube “Algún poema tiene que haber”:                                        https://www.youtube.com/channel/UCZ7UuCvltvHRasTFWoxz7Hg/featured.

 

 

 

 

Ph. Tais Rava

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